Plumas

Aprendes a vivir sin estar triste pero sin estar nunca contenta. Aprendes a estar. A dar gracias cuando te dan lo que es tuyo y a pedir perdón cuando te pisan. Te conformas –y no existe en el mundo una palabra más triste ─ con lo que tienes y cada vez que te quitan algo piensas que tal vez no lo necesitabas tanto como creías. Que por algo te lo habrán quitado. Algo habrás hecho. Y te dicen que saltes, que eches a volar. Y te lo crees, claro. Te dicen que vueles y ellos vuelan pero tú te ves tan en el suelo. Cavas en la tierra en busca de plumas pero en tu espalda sólo hay gusanos.

El despegue se resiste, ya ves. Como un chicle bajo el pupitre de la niña más repelente de tu clase. Algo estarás haciendo mal. Das por sentado que es necesario aligerar el peso de la nave. “¿Con todo lo que me han robado ya?”, sí, con todo lo que te han robado todavía sigues pesando demasiado. Como decías, es necesario aligerar el peso de la nave –que en este caso es tu cuerpo, y por extensión, tú misma –por muy vacía que te sientas, algo te tiene que quedar. Siempre queda algo. Así que te arrancas las esperanzas –no sin derramar alguna lágrima, porque alguna parecía resistirse y te pellizcaba el pecho –y te dices que ahora sí. Ahora vuelas.”Ahora vuelo”. Así que te subes al tejado más alto y agitas fuerte los brazos para ganar impulso con los ojos cerrados. Cuando los abres sigues en el suelo y en el cielo cada vez vuelan más cuerpos. Te enfadas. Te enfadas tanto que te acabas arrancando los complejos, las alegrías, los sueños, las manos. Los cuadernos y los chicles de menta. Te lo arrancas todo. Te quedas sin nada para poder volar y huir y esta vez sí. Esta vez no queda otra que volar como una pluma ensangrentada –en tan poco te has quedado─ y vuelves a cerrar los ojos. “Ahora vuelo”.

Estás dispuesta a saltar del tejado para probar tu teoría y miras hacia abajo para despedirte del suelo. Y saltas. Te habrías reído si no te hubieses arrancado también los dientes. Pero cuando miras hacia arriba para planear tu vuelo ves a uno de los cuerpos voladores –tan bonitos─ sujetándote de  una muñeca que ya no tienes. “Sólo quería desearte buena suerte”. Y en su otro brazo, una caja con todo lo que habías tirado. Y en su cara tus dientes te sonríen con burla. Y te suelta. Y mientras caes sabes que nunca serás capaz de volar ni huir a ninguna otra parte que no sea al suelo contra el que te estrellas. Si te quedase sangre también habrías sangrado. Pero no lo haces. Y te conformas. Porque por algún motivo a tu asesino le das lástima y decide devolverte parte de la sangre que había robado. “Con semejante caída deberías sangra más, toma”. Y como una imbécil sonríes –sin sonrisa─, te levantas –sin apenas cuerpo─ y con un hilo de voz que casi se te escapa le das las gracias y te quedas en el suelo mientras el cuerpo ─con tu cuerpo─ despega. Te habrías despedido de él con la mano si no te hubiese robado las dos. En fin, algo habrás hecho.

Rieux despierta

Por aquel entonces éramos todos mucho menos poetas de lo que pensábamos y más ingenuos que acróbatas del arte. Pasábamos por la vida de puntillas esperando el momento de dar el gran salto. Caminábamos con la seguridad de que no seríamos tan invisibles de por vida porque de por vida seríamos jóvenes. Pero las arrugas llegaron y las palabras, ya de por sí poco triunfantes, se marcharon a buscar mentes menos cansadas. Y envejecimos, viejo. Envejecimos aunque sigamos siendo jóvenes porque por dentro estamos agotados y el alma –esa arañita que te pica por dentro cuando lloras y nadie te abraza— el alma se muere cuando la esperanza caduca. Seguimos siendo jóvenes porque seguimos siendo capaces de colocar una vela por cada año cumplido en una tarta de cinco trozos pero nos hemos hecho ancianos de tanto pensar que seríamos eternos y escuece.

Estamos casi muertos y nadie nos mira. Estamos tan casi muertos que ya no tenemos ganas de saltar, viejo, cómo no podemos tener ya ganas de saltar si ayer mismo éramos incapaces de mantener los pies en la tierra veintiún segundos. Viejo, cómo puede ser que ya poco más nos de perder que ganar, cómo puede ser que perder parezca incluso más sencillo, cómo, si todas estas migajas de sueños ya no se las quiere comer nadie y nosotros, nosotros nunca estuvimos tan delgados.

Soñamos demasiado alto, ¿me oyes?, soñamos fuerte. Soñamos tanto y con tantas ganas y por tanto tiempo que hasta las ganas se murieron de hambre pero nosotros seguimos gritando, no fuese a ser que aún quedasen sueños con voz, no fuese a ser que sin voz muriese el sueño y no quedase en el mundo algún recuerdo tranquilo. No fuese a ser que al despertar, fuésemos. No queríamos eso. Por aquel entonces éramos mucho menos poetas de lo que pensábamos pero más poetas de lo que la gente pensaba, éramos niños y éramos fuertes, porque soñábamos y nadie nos podía arrebatar la conciencia y la esperanza. Pero ahora seguimos despiertos y los ojos no se cierran y joder, viejo, qué fea que se ve la luna cuando llevas tantos días sin echarla de menos.

Viejo, ahora que tú estás tan arriba y yo aquí tan en el suelo veo que tenías razón. Soñar está muy bien, soñar te ayuda a sobrevivir pero la realidad siempre es la que nos acaba matando y poco le importa si nos pilla dormidos o despiertos y viejo, no puedo quitarme de la cabeza la sensación de que he vivido más con los ojos cerrados por miedo a vivir que por ganas de soñar. Pasamos por la vida de puntillas esperando dar el gran salto pero yo me he roto las rodillas por ir mirando hacia el cielo por si tú me decías algo y yo no te escuchaba y me caí, ya ves.

Y tienes razón, viejito, tienes tanta razón que no te va a quedar otra que estar vivo y bajar acá a decirme cuatro cosas. Que de tanto tiempo caminando de puntillas y con la vista arriba me duelen demasiado los huesos como para dar un solo paso más y aunque no me importe quedarme aquí, tengo miedo. Porque, viejo, creo que no me voy a saber morir. Me he cansado de soñar alto y ya sólo quiero despertar tranquilo en un mundo que me acoja y no me escupa. Pero, escucha, vas a tener que bajar porque no sé cómo voy  hacer para morirme en un mundo en el que nunca he llegado a vivir del todo y ya no sé cómo empezar respirar sin dejar de hacerlo.

Rieux

Con el permiso de Albert Camus y de la solitaria ciudad de Orán. Con el permiso de la literatura y de todos los lectores de semejante obra maestra. Con el del doctor Rieux y de todos los pacientes a los que no pudo salvar en las 243 páginas del libro que descansa en mi mesita.

Y, sobre todo, con el vuestro y sin el mío:

Hola, Rieux.

camus